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Si tu mano derecha te es ocasión de caer

Actualizado el 26 enero, 2024 15:01:53

Mateo 5:30

 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

Para evitar que la enfermedad se extienda por el cuerpo y destruya la vida, el hombre permite que se le ampute hasta la mano derecha.

Debería estar aún más dispuesto a renunciar a lo que pone en peligro la vida del alma.

Las almas degradadas y esclavizadas por Satanás han de ser redimidas por el Evangelio para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

El propósito de Dios no es únicamente librarnos del sufrimiento que es consecuencia inevitable del pecado, sino salvarnos del pecado mismo.

El alma corrompida y deformada debe ser limpiada y transformada para ser vestida con “la luz de Jehová nuestro Dios”.

Debemos ser “hechos conformes a la imagen de su Hijo”. “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”.

Sólo la eternidad podrá revelar el destino glorioso del hombre en quien se restaure la imagen de Dios.

Para que podamos alcanzar este alto ideal, debe sacrificarse todo lo que le causa tropiezo al alma.

Por medio de la voluntad, el pecado retiene su dominio sobre nosotros. La rendición de la voluntad se representa como la extracción del ojo o la amputación de la mano.

A menudo nos parece que entregar la voluntad a Dios es aceptar una vida contrahecha y coja; pero es mejor, dice Cristo, que el yo esté contrahecho, herido y cojo, si por este medio puede el individuo entrar en la vida.

Lo que le parece desastre es la puerta de entrada al beneficio supremo. Dios es la fuente de la vida, y sólo podemos tener vida cuando estamos en comunión con él.

Separados de Dios, podemos existir por corto tiempo, pero no poseemos la vida. “La que se entrega a los placeres, viviendo está muerta”.

Únicamente cuando entregamos nuestra voluntad a Dios, él puede impartirnos vida.

Sólo al recibir su vida por la entrega del yo es posible, dijo Jesús, que se venzan estos pecados ocultos que he señalado.

Podéis encerrarlos en el corazón y esconderlos a los ojos humanos, pero ¿cómo compareceréis ante la presencia de Dios? Si os aferráis al yo y rehusáis entregar la voluntad a Dios, elegís la muerte.

Dondequiera que esté el pecado, Dios es para él un fuego devorador.

Si elegís el pecado y rehusáis separaros de él, la presencia de Dios que consume el pecado también os consumirá a vosotros.

Requiere sacrificio entregarnos a Dios, pero es sacrificio de lo inferior por lo superior, de lo terreno por lo espiritual, de lo perecedero por lo eterno.

No desea Dios que se anule nuestra voluntad, porque solamente mediante su ejercicio podemos hacer lo que Dios quiere.

Debemos entregar nuestra voluntad a él para que podamos recibirla de vuelta purificada y refinada, y tan unida en simpatía con el Ser divino que él pueda derramar por nuestro medio los raudales de su amor y su poder.

Por amarga y dolorosa que parezca esta entrega al corazón voluntarioso y extraviado, aun así nos dice: “Mejor te es”.

Hasta que Jacob no cayó desvalido y sin fuerzas sobre el pecho del Angel del pacto, no conoció la victoria de la fe vencedora ni recibió el título de príncipe con Dios.

Sólo cuando “cojeaba de su cadera” se detuvieron las huestes armadas de Esaú, y el Faraón, heredero soberbio de un linaje real, se inclinó para pedir su bendición.

Así el autor de nuestra salvación se hizo “perfecto… por medio de los padecimientos”, y los hijos de fe “sacaron fuerzas de debilidad” y “pusieron en fuga ejércitos extranjeros”.

Así “los cojos arrebatarán presa”, el débil “será como David” y “la casa de David como… el ángel de Jehová”.

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