Dom. Ago 7th, 2022

Al enseñar al pueblo, Jesús creaba interés en sus lecciones y retenía la atención de sus oyentes mediante frecuentes ilustraciones sacadas de las escenas de la naturaleza que los rodeaba.

Se había congregado la gente por la mañana. El sol glorioso, que ascendía en el cielo azul, disipaba las sombras en los valles y en los angostos desfiladeros de las montañas.

El resplandor del sol inundaba la tierra; el agua tranquila del lago reflejaba la dorada luz y servía de espejo a las rosadas nubes matutinas.

Cada capullo, cada flor y cada rama frondosa centelleaban con su carga de rocío. La naturaleza sonreía bajo la bendición de un nuevo día, y de los árboles brotaban los melodiosos trinos de los pájaros.

El Salvador miró al grupo que lo acompañaba, luego al sol naciente, y dijo a sus discípulos:

Vosotros sois la luz del mundo.

Mateo 5:14

La luz del mundo

Así como sale el sol en su misión de amor para disipar las sombras de la noche y despertar el mundo, los seguidores de Cristo también han de salir para derramar la luz del cielo sobre los que se encuentran en las tinieblas del error y el pecado.

En la luz radiante de la mañana se destacaban claramente las aldeas y los pueblos en los cerros circundantes, y eran detalles atractivos de la escena.

Señalándolos, Jesús dijo: “Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder”.

Luego añadió: “Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa”.

La mayoría de los oyentes de Cristo eran campesinos o pescadores, en cuyas humildes moradas había un solo cuarto, en el que una sola lámpara, desde su sitio, alumbraba a toda la casa.

Así—dijo Jesús—alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

Nunca ha brillado, ni brillará jamás, otra luz para el hombre caído, fuera de la que procede de Cristo.

Jesús, el Salvador, es la única luz que puede disipar las tinieblas de un mundo caído en el pecado.

De Cristo está escrito: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”.

Sólo al recibir vida podían sus discípulos hacerse porta luces. La vida de Cristo en el alma y su amor revelado en el carácter los convertiría en la luz del mundo.

La humanidad por sí misma no tiene luz. Aparte de Cristo somos un cirio que todavía no se ha encendido, como la luna cuando su cara no mira hacia el sol; no tenemos un solo rayo de luz para disipar la oscuridad del mundo.

Pero cuando nos volvemos hacia el Sol de justicia, cuando nos relacionamos con Cristo, el alma entera fulgura con el brillo de la presencia divina.

Los seguidores de Cristo han de ser más que una luz entre los hombres. Son la luz del mundo.

A todos los que han aceptado su nombre, Jesús dice: Os habéis entregado a mí, y os doy al mundo como mis representantes. Así como el Padre lo había enviado al mundo, Cristo declara: “Los he enviado al mundo”.

Como Cristo era el medio de revelar al Padre, hemos de ser los medios de revelar a Cristo. Aunque el Salvador es la gran fuente de luz, no olvidéis, cristianos, que se revela mediante la humanidad.

Las bendiciones de Dios se otorgan por medio de instrumentos humanos. Cristo mismo vino a la tierra como Hijo del hombre. La humanidad, unida con la naturaleza divina, debe relacionarse con la humanidad. La iglesia de Cristo, cada individuo que sea discípulo del Maestro, es un conducto designado por el cielo para que Dios sea revelado a los hombres.

Los ángeles de gloria están listos para comunicar por vuestro intermedio la luz y el poder del cielo a las almas que perecen.

¿Dejará el agente humano de cumplir la obra que le es asignada?

En la medida de su negligencia, priva al mundo de la prometida influencia del Espíritu Santo.

Jesús no dijo a sus discípulos: Esforzaos por hacer que brille la luz; sino: “Alumbre vuestra luz”. Si Cristo mora en el corazón, es imposible ocultar la luz de su presencia.

Si los que profesan ser seguidores de Cristo no son la luz del mundo es porque han perdido el poder vital; si no tienen luz para difundir, es prueba de que no tienen relación con la Fuente de luz.

La Luz a través de la historia

A través de toda la historia “el Espíritu de Cristo que estaba en ellos” hizo de los hijos fieles de Dios la luz de los hombres de su generación.

José fue porta luz en Egipto. Por su pureza, bondad y amor filial, representó a Cristo en medio de una nación idólatra.

Mientras los israelitas iban desde Egipto a la tierra prometida, los que eran sinceros entre ellos fueron luces para las naciones circundantes.

Por su medio Dios se reveló al mundo. De Daniel y sus compañeros en Babilonia, de Mardoqueo en Persia, brotaron vívidos rayos de luz en medio de las tinieblas de las cortes reales. De igual manera han sido puestos los discípulos de Cristo como porta luces en el camino al cielo.

Por su medio, la misericordia y la bondad del Padre se manifiestan a un mundo sumido en la oscuridad de una concepción errónea de Dios.

Al ver sus obras buenas, otros se sienten inducidos a dar gloria al Padre celestial; porque resulta manifiesto que hay en el trono del universo un Dios cuyo carácter es digno de alabanza e imitación.

El amor divino que arde en el corazón y la armonía cristiana revelada en la vida son como una vislumbre del cielo, concedida a los hombres para que se den cuenta de la excelencia celestial.

Así es como los hombres son inducidos a creer en “el amor que Dios tiene para con nosotros”. Así los corazones que antes eran pecaminosos y corrompidos son purificados y transformados para presentarse “sin mancha delante de su gloria con grande alegría”.

Las palabras del Salvador “Vosotros sois la luz del mundo” indican que confió a sus seguidores una misión de alcance mundial.

En los tiempos de Cristo, el orgullo, el egoísmo y el prejuicio habían levantado una muralla de separación sólida y alta entre los que habían sido designados custodios de los oráculos sagrados y las demás naciones del mundo.

Cristo vino a cambiar todo esto.

Las palabras que el pueblo oía de sus labios eran distintas de cuantas había escuchado de sacerdotes o rabinos.

Cristo derribó la muralla de separación, el amor propio, y el prejuicio divisor del nacionalismo egoísta; enseñó a amar a toda la familia humana.

Elevó al hombre por encima del círculo limitado que les prescribía su propio egoísmo; anuló toda frontera territorial y toda distinción artificial de las capas sociales.

Para él no había diferencia entre vecinos y extranjeros ni entre amigos y enemigos. Nos enseña a considerar a cada alma necesitada como nuestro prójimo y al mundo como nuestro campo.

La Luz del Evangelio

Así como los rayos del sol penetran hasta las partes más remotas del mundo, Dios quiere que el Evangelio llegue a toda alma en la tierra.

Si la iglesia de Cristo cumpliera el propósito del Señor, se derramaría luz sobre todos los que moran en las tinieblas y en regiones de sombra de muerte.

En vez de agruparse y rehuir la responsabilidad y el peso de la cruz, los miembros de la iglesia deberían dispersarse por todos los países para irradiar la luz de
Cristo y trabajar como él por la salvación de las almas.

Así este “Evangelio del reino” sería pronto llevado a todo el mundo.

De esta manera ha de cumplirse el propósito de Dios al llamar a su pueblo, desde Abrahán en los llanos de Mesopotamia hasta nosotros en el siglo actual.

Dice: “Haré de ti una nación grande, y te bendeciré… y serás bendición”.

Para nosotros, en esta postrera generación, son esas palabras de Cristo, que fueron pronunciadas primeramente por el profeta evangélico y después repercutieron en el Sermón del Monte: “Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti”.

Si sobre nuestro espíritu nació la gloria del Señor, si hemos visto la hermosura del que es “señalado entre diez mil” y “todo él codiciable”, si nuestra alma se llenó de resplandor en presencia de su gloria, entonces estas palabras del Maestro fueron dirigidas a nosotros.

¿Hemos estado con Cristo en el monte de la transfiguración?

Abajo, en la llanura, hay almas esclavizadas por Satanás que esperan las palabras de fe y las oraciones que las pongan en libertad.

No sólo hemos de contemplar la gloria de Cristo, sino también hablar de su excelencia. Isaías no se limitó a contemplar la gloria de Cristo, sino que también habló de él.

Mientras David meditaba, el fuego ardía; y luego habló con su lengua. Cuando pensaba en el amor maravilloso de Dios, no podía menos que hablar de lo que veía y sentía.

¿Quién puede mirar, por la fe en el plan maravilloso de la salvación, la gloria del Hijo unigénito de Dios, sin hablar de ella?

El amor insondable que se manifestó en la cruz del Calvario por la muerte de Cristo para que no nos perdiésemos mas tuviésemos vida eterna, ¿Quién lo puede contemplar y no hallar palabras para ensalzar la gloria del Señor?

“En su templo todos los suyos le dicen gloria”.

El dulce cantor de Israel lo alabó con su arpa, diciendo:

En la hermosura de la gloria de tu magnificencia, y en tus hechos maravillosos meditaré. Del poder de tus hechos estupendos hablarán los hombres; y yo publicaré tu grandeza.

La cruz del Calvario debe levantarse en alto delante de la gente para que absorba sus espíritus y concentre sus pensamientos.

Entonces todas las facultades espirituales se vivificarán con el poder divino que viene directamente de Dios. Se concentrarán entonces las energías en una actividad genuina por el Maestro.

Los que obren enviarán al mundo rayos de luz, como agentes vivos que iluminen la tierra.

Cristo acepta con verdadero gozo todo agente humano que se entrega a él. Une lo humano con lo divino, para comunicar al mundo los misterios del amor encarnado.

Hablemos de ellos; oremos al respecto; cantémoslos. Proclamemos por todas partes el mensaje de su gloria, y sigamos avanzando hacia las regiones lejanas.

Las pruebas soportadas con paciencia, las bendiciones recibidas con gratitud, las tentaciones resistidas valerosamente, la mansedumbre, la bondad, la compasión y el amor revelados constantemente son las luces que brillan en el carácter, en contraste con la oscuridad del corazón egoísta, en el cual jamás penetró la luz de la vida.

By Ellen Gould White

(1827 - 1915 ) Autora Estadounidense. Durante su vida escribió más de 5000 artículos de periódicos y 40 libros; actualmente, incluyendo las compilaciones de sus 100 000 páginas de manuscritos, se han publicado cerca de 100 libros, los cuales han sido traducidos a más de 144 idiomas en el mundo.

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