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¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?

Actualizado el 2 febrero, 2024 11:02:08

Mateo 5:32

Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.

Entre los judíos se permitía que un hombre repudiase a su mujer por las ofensas más insignificantes, y ella quedaba en libertad para casarse otra vez.

Esta costumbre era causa de mucha desgracia y pecado.

En el Sermón del Monte, Jesús indicó claramente que el casamiento no podía disolverse, excepto por infidelidad a los votos matrimoniales.

El que repudia a su mujer—dijo él—, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio”.

Después, cuando los fariseos lo interrogaron acerca de la legalidad del divorcio, Jesús dirigió la atención de sus oyentes hacia la institución del matrimonio conforme se ordenó en la creación del mundo.

Por la dureza de vuestro corazón—dijo él — Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres: mas al principio no fue así”.

repudia a su mujer

Se refirió a los días bienaventurados del Edén, cuando Dios declaró que todo “era bueno en gran manera”.

Entonces tuvieron su origen dos instituciones gemelas, para la gloria de Dios y en beneficio de la humanidad: el matrimonio y el sábado.

Al unir Dios en matrimonio las manos de la santa pareja diciendo:

“Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”, dictó la ley del matrimonio para todos los hijos de Adán hasta el fin del tiempo.

Lo que el mismo Padre eterno había considerado bueno era una ley que reportaba la más elevada bendición y progreso para los hombres.

Como todas las demás excelentes dádivas que Dios confió a la custodia de la humanidad, el matrimonio fue pervertido por el pecado; pero el propósito del Evangelio es restablecer su pureza y hermosura.

Tanto en el Antiguo como en él Nuevo Testamento, se emplea el matrimonio para representar la unión tierna y sagrada que existe entre Cristo y su pueblo, los redimidos a quienes él adquirió al precio del Calvario.

Dice: “No temas… porque tu marido es tu Hacedor; Jehová de los ejércitos es su nombre; y tu Redentor, el Santo de Israel; Dios de toda la tierra será llamado”. “Convertíos, hijos rebeldes, dice Jehová, porque yo soy vuestro esposo”.

En el Cantar de los Cantares oímos decir a la voz de la novia: “Mi amado es mío, y yo suya”.

Y el “señalado entre diez mil” dice a su escogida: “Tú eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha”.

La gracia de Cristo, y sólo ella, puede hacer de esta institución lo que Dios deseaba que fuese: un medio de beneficiar y elevar a la humanidad.

Así las familias de la tierra, en su unidad, paz y amor, pueden representar a la familia de los cielos.

Ahora, como en el tiempo de Cristo, la condición de la sociedad merece un triste comentario, en contraste con el ideal del cielo para esta relación sagrada.

Sin embargo, aun a los que encontraron amargura y desengaño donde habían esperado compañerismo y gozo, el Evangelio de Cristo ofrece consuelo.

La paciencia y ternura que su Espíritu puede impartir endulzará la suerte más amarga.

El corazón en el cual mora Cristo estará tan henchido, tan satisfecho de su amor que no se consumirá con el deseo de atraer simpatía y atención a sí mismo.

Si el alma se entrega a Dios, la sabiduría de él puede llevar a cabo lo que la capacidad humana no logra hacer.

Por la revelación de su gracia, los corazones que eran antes indiferentes o se habían enemistado pueden unirse con vínculos más fuertes y más duraderos que los de la tierra, los lazos de oro de un amor que resistirá cualquier prueba.

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