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No Perjurarás

los pobres en espíritu
Actualizado el 9 febrero, 2024 15:02:40

Mateo 5:33-37

Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.

Se nos indica por qué se dio este mandamiento:

No hemos de jurar “ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un sólo cabello”.

Todo proviene de Dios.

No tenemos nada que no hayamos recibido; además, no tenemos nada que no haya sido comprado para nosotros por la sangre de Cristo.

Todo lo que poseemos nos llega con el sello de la cruz, y ha sido comprado con la sangre que es más preciosa que cuanto puede imaginarse, porque es la vida de Dios.

De ahí que no tengamos derecho de empeñar cosa alguna en juramento, como si fuera nuestra, para garantizar el cumplimiento de nuestra palabra.

Los judíos entendían que el tercer mandamiento prohibía el uso profano del nombre de Dios; pero se creían libres para pronunciar otros juramentos.

Prestar juramento era común entre ellos.

Por medio de Moisés se les prohibió jurar en falso; pero tenían muchos artificios para librarse de la obligación que entraña un juramento.

No temían incurrir en lo que era realmente blasfemia ni les atemorizaba el perjurio, siempre que estuviera disfrazado por algún subterfugio técnico que les permitiera eludir la ley.

Jesús condenó sus prácticas, y declaró que su costumbre de jurar era una transgresión del mandamiento de Dios.

Pero el Salvador no prohibió el juramento judicial o legal en el cual se pide solemnemente a Dios que sea testigo de que cuanto se dice es la verdad, y nada más que la verdad.

El mismo Jesús, durante su juicio ante el Sanedrín, no se negó a dar testimonio bajo juramento.

Dijo el sumo sacerdote: “Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios”. Contestó Jesús: “Tú lo has dicho”.

No Perjurarás

Si Cristo hubiera condenado en el Sermón del Monte el juramento judicial, en su juicio habría reprobado al sumo sacerdote y así, para provecho de sus seguidores, habría corroborado su propia enseñanza.

A muchos que no temen engañar a sus semejantes se les ha enseñado que es una cosa terrible mentir a su Hacedor, y el Espíritu Santo les ha hecho sentir que es así.

Cuando están bajo juramento, se les recuerda que no declaran sólo ante los hombres, sino también ante Dios; que si mienten, ofenden a Aquel que lee el corazón y conoce la verdad.

El conocimiento de los castigos terribles que recibió a veces este pecado tiene sobre ellos una influencia restrictiva.

Si hay alguien que puede declarar en forma consecuente bajo juramento, es el cristiano.

Vive continuamente como en la presencia de Dios, seguro de que todo pensamiento es visible a los ojos del Angel con quien tenemos que ver; y cuando ello le es requerido legalmente, le es lícito pedir que Dios sea testigo de que lo que dice es la verdad, y nada más que la verdad.

Jesús enunció un principio que haría inútil todo juramento.

Enseña que la verdad exacta debe ser la ley del hablar. “Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede”.

Estas palabras condenan todas las frases e interjecciones insensatas que rayan en profanidad.

Condenan los cumplidos engañosos, el disimulo de la verdad, las frases lisonjeras, las exageraciones, las falsedades en el comercio que prevalecen en la sociedad y en el mundo de los negocios.

Enseñan que nadie puede llamarse veraz si trata de aparentar lo que no es o si sus palabras no expresan el verdadero sentimiento de su corazón.

Si se prestara atención a estas palabras de Cristo, se refrenaría la expresión de malas sospechas y ásperas censuras; porque al comentar las acciones y los motivos ajenos, ¿quién puede estar seguro de decir la verdad exacta?

¡Cuántas veces influyen sobre la impresión dada el orgullo, el enojo, el resentimiento personal!

Una mirada, una palabra, aun una modulación de la voz, pueden rebosar mentiras.

Hasta los hechos ciertos pueden presentarse de manera que produzcan una impresión falsa.

“Lo que es más” que la verdad, “de mal procede”.

Todo cuanto hacen los cristianos debe ser transparente como la luz del sol.

La verdad es de Dios; el engaño, en cada una de sus muchas formas, es de Satanás; el que en algo se aparte de la verdad exacta, se somete al poder del diablo.

Pero no es fácil ni sencillo decir la verdad exacta.

No podemos decirla a menos que la sepamos; y ¡cuántas veces las opiniones preconcebidas, el prejuicio mental, el conocimiento imperfecto, los errores de juicio impiden que tengamos una comprensión correcta de los asuntos que nos atañen!

No podemos hablar la verdad a menos que nuestra mente esté bajo la dirección constante de Aquel que es verdad.

Por medio del apóstol Pablo, Cristo nos ruega: “Sea vuestra palabra siempre con gracia”. “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes”.

A la luz de estos pasajes vemos que las palabras pronunciadas por Cristo en el monte condenan la burla, la frivolidad y la conversación impúdica.

Exigen que nuestras palabras sean no solamente verdaderas sino también puras.

Quienes hayan aprendido de Cristo no tendrán participación “en las obras infructuosas de las tinieblas”.

En su manera de hablar, tanto como en su vida, serán sencillos, sinceros y veraces porque se preparan para la comunión con los santos en cuyas “bocas no fue hallada mentira”.

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